La vejez que habito – Ka Shin, Nitza Meléndez

Reflexión en el Zazenkai

9 de marzo de 2025

“Soy de naturaleza de envejecer; no hay forma de escapar de la vejez”, primer recordatorio del Upajjhatthana Sutra.

Llevo mucho tiempo ofreciéndole espacio en mi mente a este recordatorio. Me anima en esta etapa de mi desarrollo profundizar en la conciencia de finitud de la vida. Cada día percibo con más claridad lo temporal y fugaz que es la experiencia humana y lo limitado que son nuestras capacidades para aprehender todo lo que vivimos.

Tomé prestado el título de la reflexión; inspirada por un ensayo con ese título de la profesora, monja, filósofa, feminista brasileña, Ibone Gebara, que admiro mucho. Suele sucederme que el proceso de reflexión para compartir en el Zazenkai con ustedes, la Sangha, me sumerge en un laberinto que me confunde la salida. Partiendo de la transitoriedad de las vivencias y tomando en consideración que los cambios son lo constante en la vida, deseo valorar y asumir los mismos con más consciencia, con la intención de cultivar y ofrecer lo mejor que pueda de mí.

Luego de la selección del título La vejez que habito, dudé si era el correcto. Pensé en un segundo título, volví a releer y tampoco ese segundo era. Llegué a un tercero y luego de reírme de mi misma, decidí contarles a ustedes de todos los posibles títulos.

Ibone Gebara recoge poéticamente esa sensación que una siente al contar sobre sí misma. y cito:

“El pasado se fue en el instante en que era presente. Por eso hablar del pasado es hablar del tejido presente, mezclado con algunos hilos viejos, otros medios desteñidos, deshilachados, pero sustentándose aún al sol del ahora”.

La sensación de encontrarme en un laberinto puede que se relacione con la capacidad que tiene la mente de distorsionar lo que vemos o lo que interpretamos que vivimos; ya sea por ignorancia, apegos o preferencias. Tengo que confesarles que recién estoy comprendiendo esto mejor, mediante las lecturas que nos comparte nuestra maestra Sandra.

Ahora les cuento sobre mi proceso de reflexionar sobre el tema. He descubierto aquí en esta práctica que tiendo hacer en mi mente, muchos cuentos e historias y obviamente, por ahí entra la distorsión, distanciándome de la realidad tal cual es. A veces me cuesta trabajo distinguirla.  Empecé preguntándome el porqué del tema seleccionado. Entiendo que quería comprender con más claridad qué me estaba sucediendo al momento de la selección. Deseaba y deseo vivir en esta etapa de vida con más conciencia.

Al momento de seleccionarlo estaba triste, quizás algo deprimida. Estaba escuchando muchas noticias y análisis de acontecimientos nacionales, internacionales y en contacto con información más detallada de los efectos de las guerras, los cambios climáticos, además de encontrarme preocupada por los efectos de las políticas que revierten derechos adquiridos, etc.  A su vez coincidía que en ese momento enfrentaba pérdidas de personas cercanas a mi edad. Se presentaron también algunos problemas de salud que me provocaban pensar en mi fragilidad, vulnerabilidad, en mi finitud, la de los seres cercanos, otros más lejanos y tantos alrededor del mundo. Me preguntaba con nostalgia y tristeza ¿dónde se encontraba mi optimismo, espíritu de lucha, mi activismo social, mis utopías? O sea ¿dónde estaba ese yo con el cual me había identificado, de activista social?  Añoraba mis días de talleres y reuniones constantes donde personas de mi generación nos preparamos para la transformación social y la construcción de seres nuevos y una mejor sociedad. Teníamos la gran certeza que esas transformaciones estaban a la vuelta de la esquina y que de nuestra acción y organización dependían esas transformaciones. Envuelta en el regodeo de mis pesares pensé que había perdido la esperanza en esta etapa de vida.

Consideré otro título “Esperanza para mi vejez”, pues parecía que mi problema era la desesperanza.  De momento vino a la mente mi mamá. Saben que murió de 100 años y poco tiempo antes de su fallecimiento me dijo “siento que me estoy poniendo vieja” ¡a los 100! No se había identificado como vieja hasta entonces.

¿Me preguntaba entonces, qué me pasa a mí con esta vejez prematura, a mis 75 años? Empecé a recordar, ¿Cómo me descubrí vieja? Me percaté rápidamente que fue por la mirada de otras personas. Alrededor de los 60 años, antes de cumplir 65 (edad ‘Senior’ en el pago de taquillas en los cines) una amiga me recomendó que pidiera la taquillas “senior” porque los jóvenes que vendían las taquillas nos veían viejas. No le creí, pero le comenté a mi compañero Salvador.  Me dijo que él no iba a pasar vergüenza por pagar menos; que esperaría a que tuviéramos la edad de ‘senior’ y las pidió expresando que quería dos taquillas para la película en cartelera. Nos miró el cajero y nos la entregó “Seniors”. Salva se alegró, pero yo me quedé mal desde entonces, aunque me reía mucho por ello.

Luego sucedieron muchas cosas que nos reafirmaban que otras personas nos veían mayores de lo que nosotros nos sentíamos. A medida que continuaba mi reflexión percibía el efecto que tiene el sentido que otorgamos a la mirada de otro/as. Y como pueden cambiar nuestras miradas con la experiencia y enseñanzas que vamos adquiriendo en la marcha, en cada etapa de vida. Ya en la misma reflexión no me sentía tan vieja. A medida que leía sobre otras miradas y enseñanzas, la mía cambiaba. Quizás el título podía ser “La vejez que me habitaba”. Pues observaba como asumía de otra manera preocupaciones sobre esta etapa de vida y mi finitud.

Me llamó la atención una entrevista escrita que le hicieran a un filósofo español, Manuel Cincunegui, que relacioné con estas inquietudes y causas de sufrimiento. El comentaba sobre la crisis de sentido que según él está presente en esta época y decía:

No se trata solo de aceptar los límites de nuestra existencia, nuestra finitud y la incertidumbre que nos define, sino de abrirnos a lo desconocido, de permitir que nos interpele aquello que aún no podemos comprender”.

Me percaté que la mirada de este tema era cónsona con algunos aspectos trabajados en el Taller de Ecosattva, que nos ofrece Carmen Ada.  Expresaba la importancia de abrirse al otro. Lo cual, según también este autor enfatizaba, esto significaba reconocer nuestra vida más allá de nosotros mismos, su continuidad más allá de nuestro tiempo y nuestro mundo. Y expresaba que abrirse a lo otro, al más allá de esta vida es abrirse a la posibilidad de otra vida, de otro horizonte de otro sueño aún por descubrir. Indicaba que reconocer nuestra finitud no es rendirse, ni resignarse al declive, sino aceptar que el futuro no nos pertenece en exclusiva, que nuestra historia es solo una parte dentro de una trama más amplia, donde otras formas de vida y que otros tiempos futuros se despliegan con independencia de nuestra voluntad. Esas explicaciones le daban un poco de sentido a mis preocupaciones y me afirmaban en la posibilidad de ampliar mi mirada hacia horizontes por descubrir.

Al seguir reflexionando llegó a mí un artículo, de la mirada alentadora e inspiradora de Joan Halifax, abad y maestra del Upaya Institute, Zen Center en Santa Fe, Nuevo México, que hace distinción entre la esperanza comúnmente conocida y la esperanza sabia. Al leerla entendí un poco mejor mi sentir. Dice en el artículo y cito:

“Como budistas, sabemos que la esperanza ordinaria está basada en el deseo, en querer un resultado que pueda ser diferente de lo que realmente va a suceder. No obtener aquello que teníamos esperanza de obtener usualmente se experimenta como un tipo de infortunio. Expresa que la persona que tiene esperanzas de esta manera tiene una expectativa que siempre está rondando en el fondo, una sombra de miedo de que sus deseos no van a ser satisfechos. Esta esperanza ordinaria es una expresión sutil del miedo y una forma de sufrimiento’’.

Enfatiza que la esperanza sabia no significa negar realidades. Sino más bien acercarnos a la realidad tal cual es, las cosas tal cual son, incluyendo la verdad del sufrimiento en su existencia y reconocer la capacidad de transformarlo. Se expresa que como budistas, compartimos una aspiración común a despertar del sufrimiento; y nos recuerda que para muchos de nosotros y nosotras esta aspiración no es un programa de autosuperación de mi “pequeño yo”.  

Mientras escribo me percato que la vejez que yo habito no es estática ni permanente. Está en interacción constante con las diez mil cosas y es producto, como ya sabemos de diferentes causas y condiciones. La vejez que yo habito está en mi mente, Así voy aprendiendo a experimentar la vida.  En este proceso también me percato que no he descartado las utopías, por el contrario, las he ampliado, pues acojo los votos de Bodhisattva. Como expresa la abad y maestra, se encuentran en el corazón de la tradición Mahayana y son en sus palabras “nada más y nada menos, que una poderosa expresión de una esperanza sabia y radical -una esperanza incondicional que está libre de deseo” …Estamos llamados a vivir con posibilidad, plenamente conscientes de que la impermanencia prevalece.  Me gustó la siguiente expresión de la abadesa y maestra Joan Halifax y la cito:

“en la humildad de plantar semillas, esperando que germinen, sean visibles o no visibles para mí, en eso hoy radican mis esperanzas.

Al momento entonces puedo expresarles que pensé en otro título “La vida como proceso y el desarrollo de la sabiduría”.  En el pasado Dokusan le comentaba a Sandra sobre mi proceso con la reflexión (le expresé que tenía un berenjenal en mi cabeza). Esto causalmente coincidió con la selección de unos párrafos que ella había traducido y enviado a Facebook, de un artículo de Bhikkhu Bodhi titulado: El camino hacia el fin del sufrimiento: Desarrollo de la sabiduría. Allí se destaca lo siguiente:

“Mientras que la ignorancia oscurece la verdadera naturaleza de las cosas, la sabiduría quita los velos de la distorsión, permitiéndonos ver los fenómenos en su modo fundamental de ser con la vivacidad de la percepción directa.”

Explica que generalmente estamos tan inmersos en nuestra experiencia e identificados con ella, que no comprendemos su naturaleza. Por tal razón puede llegar a ser malinterpretada y la cubrimos con engaños como pueden ser:

  • Ver permanencia en lo impermanente (me recuerda que puedo ver la vejez con contenido fijo).
  • Ver satisfacción en lo insatisfactorio (no tengo que estar satisfecha con lo que acontece, ya que no existe un derecho innato al placer y a la satisfacción de todo lo que deseamos.)
  • Ver un Yo en lo que no es (nos creamos imágenes de autosuficiencia como verdades, cuando lo que acontece puede estar relacionado con diez mil cosas, no relacionadas con nosotras; ni le podemos atribuir características fijas  a eso que llamamos yo).

Todo esto alerta mi mirada y minimiza mis sufrimientos. Les comparto que ya no me encuentro triste ni deprimida, sino contenta de estar en esta práctica, cuyos recordatorios son constantes. Deseo cerrar esta iniciada reflexión no finalizada, siempre en proceso, en marcha; con un profundo agradecimiento a ustedes y a Sandra como maestra guía. Y les dejo con estos versos de Ibone Gebara, que al momento los acojo como propios.

“En la vejez, he distinguido las pequeñas esperanzas de las grandes.

Siento que las grandes esperanzas muchas veces son peligrosas porque son capaces de engañar. Las pequeñas esperanzas son pequeños deseos y acciones posibles. Es como plantar una semilla y esperar a que germine.”

Me parece eso, una sabia esperanza.

Gracias por su escucha 🙏🏽